Dos
antropologías
Carlos
Velarde.
alfayomega.com
nº 187
Tomado de http://www.conoze.com
Dos concepciones,
luterana y católica, durante siglos enfrentadas, encerraban dos filosofías
distintas sobre el hombre, aunque no tanto que no pueda llegarse a una
reconciliación en ciertos temas, si se estudian con objetividad y profundidad.
La antropología de
Martín Lutero parte de una concepción pesimista del hombre, expuesta
principalmente en su Comentario a la Carta a los Romanos de san Pablo. El
pecado original habría herido y manchado de tal manera toda la naturaleza
humana que, desde entonces, el hombre es incapaz de realizar obras agradables a
Dios. Aun
haciendo obras buenas, pecamos, escribe. El hombre está dominado
siempre por la concupiscencia invencible que brotó del pecado original, a la
que considera ya pecado y fuente incontenible de pecados. El hombre no puede ni
cumplir la ley, ni agradar a Dios, ni merecer el perdón. Hasta el fin de la
vida estamos en pecado. Entonces ¿qué hacer? ¿Caerá el hombre en la
desesperación al experimentarse irremediablemente concupiscente y pecador, y
por ello condenado? ¿Cómo liberarse de tal angustia?
En el invierno de
1514 a 1515, Lutero tuvo lo que creyó una iluminación a la que llama la experiencia de la
Torre (Turmerlebnis). Creyó
entender súbitamente que la justicia de Dios de la que habla san Pablo hay que
interpretarla como una fe por la que, sin nosotros, Dios nos hace justos, ya
que nos aplica gratuitamente los méritos infinitos de Cristo. Entonces me sentí absolutamente
renacido como si se me abriesen las puertas y entrase yo mismo en el Paraíso.
Al fin estaba salvado, no por sus propias obras sino sólo por las del Redentor.
El hombre es simul iustus
et peccator, justo y pecador al mismo
tiempo. Justo no por sus obras sino por una justificación externa a él, por la
aplicación, que Dios hace a quien quiere, de los méritos de Cristo. Pecador por
sí mismo.
Esto supuesto, lo
único que se requiere para aparecer justos ante Dios es la fe ciega en Él. Al
que cree sin dudar, Dios le aplica los méritos de Cristo y, en virtud de ellos,
le salva. Una fe no apoyada en raciocinios humanos que los considera vacíos,
sino una fe fiducial, confiada, sin razones, ciega, y
cuanto más creas con esa fe, más seguro estarás de tu justificación y de tu
salvación. De ahí que le escriba a Melachthon: Sé pecador y peca
fuertemente, pero aún con más fuerza confía y alégrate en Cristo que es el
vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Dios, por lo demás,
es un Deus absconditus,
un Dios escondido y misterioso que sólo se revela en la vida de Cristo, en las
paradojas de la fe, y que actúa con decretos de su libre e inescrutable
voluntad.
Si el hombre no
puede hacer obras buenas, es claro que entonces está sometido a un fatal
determinismo hacia el mal: se ponía en juego la libertad humana y, con ello, la
vida moral. Erasmo salió en defensa de la libertad con su breve tratado De libero arbitrio.
Lutero enfurecido le respondió con un extenso libro, De servo arbitrio.
Niega la libertad. La voluntad humana está en medio como un jumento: si la cabalga Dios
la voluntad quiere y va a donde quiere Dios. Si la cabalga Satán va a donde
quiere Satán, y no está en su mano buscar a uno u otro jinete. En
consecuencia, Dios destina al cielo o al infierno sin contar con los méritos de
cada uno. Para
Lutero, el hombre es la cosa de Dios, de la que Dios hace lo que bien le viene
sin la menor consideración, le condena o le salva porque sí, nunca mira al
hombre como a un hijo objeto de sus ternuras (G. M. Cottier).
Porque Lutero era
un carácter vehemente y contradictorio, pocos años después (1525), para
defenderse de la acusación de que destruía la moral, en un opúsculo más sereno Sobre la fe y las
obras, aceptaba la posibilidad de las buenas obras con tal que
procedan de la fe que es la más alta de todas las obras. Rechaza sólo las obras
buenas que se hacen externamente o por hipocresía, como peregrinaciones,
rosarios, procesiones, etc.
La antropología
católica expuesta en la sesión sexta del Concilio de Trento, era más objetiva y
optimista. El pecado original no destruyó totalmente ni la razón ni la libertad
humana. Ni la concupiscencia que experimentamos es pecado,
si no consentimos libremente en su incitación al mal. Debemos, en buena parte,
a Diego Laínez la afirmación conciliar: El libre arbitrio en
manera alguna quedó extinguido. Además, por el bautismo todos
quedamos renacidos, limpios e intrínsecamente santificados por los méritos de
Cristo Jesús, no por los nuestros. Tanto que todos podemos llamarnos hijos
adoptivos de Dios, pues lo somos. La justificación ante Dios nos viene
ciertamente de Jesucristo y sólo de Él. El Espíritu Santo nos mueve después a
que correspondamos a la vocación de hijos de Dios. Al hombre le queda la respuesta
libre a esa llamada. Su destino último, su mérito o demérito está en su
libertad.
¿Puede decirse
entonces que el hombre es al mismo tiempo justo y pecador? Sí, pero entendido de
distinta manera a como lo entendía Lutero. La Redención de Cristo, la gracia
santificante recibida en los sacramentos nos limpia y nos hace intrínsecamente
justos y agradables a Dios, como hijos suyos. Somos también pecadores en cuanto
que por nuestra naturaleza caída, pero no radicalmente mala, estamos inclinados
a la desobediencia a Dios, y de hecho tropezamos en muchas infidelidades.
La interpretación
católica del hombre es más humana y más divina. Dios, gratuitamente ha
entablado una alianza de amor con nosotros. Somos libres para ser fieles a esa
alianza o rechazarla. Nuestro destino no está decidido. Lo decidimos nosotros
movidos por la gracia. Y aun cuando a veces rompamos la alianza, atraídos por
su llamada podemos reconciliarnos con el Padre bueno y volver a caminar hacia Él.
Más allá de las
polémicas, el documento suscrito por autoridades protestantes y católicas, en Augsburgo, significa un acercamiento fraterno hacia una
comprensión mejor de las dos antropologías que tienen no pocos puntos de
contacto, y, al fin, de la obra salvadora de Jesucristo en la que unos y otros
creemos.