Desaparece el
recelo entre católicos y anglicanos
Javier Láinez.
Revista Palabra
nº 429-430
abril de 2000
Tomado de http://www.conoze.com
La chispa que encendió el cisma anglicano y trajo como consecuencia,
en 1531, la ruptura del rey de Inglaterra y de sus súbditos con la sede de Pedro
fue una cuestión política. Ahora, cuatro siglos y pico más tarde, los
anglicanos miran el origen de aquella división con más realismo y menos
prejuicios. Es un hecho también que, dentro de la Comunión anglicana, el
prestigio del Papado en el último siglo se ha dejado sentir. Sin embargo, con
el paso del tiempo han sido otras graves cuestiones las que nos han ido
distanciando dolorosamente, lo cual no impide que esté en marcha un serio
proceso de acercamiento.
Durante siglos, las
relaciones entre la Iglesia Católica y la Comunión Anglicana han estado
marcadas por una mutua desconfianza y una larga lista de agravios que parecía
imposible superar. La Historia guarda memoria de episodios de cruel persecución
por parte de las autoridades británicas a los fieles católicos, de profundas
desviaciones doctrinales debido a las infiltraciones luteranas en la fe
anglicana y de intolerancia por parte de unos y otros.
A mediados del siglo
pasado empieza a emerger un nuevo modo de ver las cosas. Cuando ya nadie se
acordaba de las veleidades del rey Enrique VIII que llevaron a la ruptura
definitiva con Roma y cuando las heridas sangrantes que reformadores como
Cromwell habían ya restañado, un movimiento cobra forma en el seno del
anglicanismo. La High Church y todo el espectro anglocatólico medita sobre sí mismo y se convencen de que no son otra cosa
que la Iglesia católica en Inglaterra. Son los tiempos heroicos del Movimiento
de Oxford, del Cardenal John Henry Newman, del Dr. Keble y de centenares de
clérigos y laicos interesados por su propia identidad eclesial. Nombres como C.
S. Lewis, desde el campo anglicano, o de J. R. R. Tolkien desde el católico,
aportarían después, ya entrado el s. XX, toda la magia de su impresionante
personalidad.
Una declaración
oficial de la Iglesia católica pareció echar un jarro de agua fría a las
románticas ilusiones de estos esforzados intentos. En efecto, en 1896, por
medio de la Bula Apostolicae Curae, el Papa León XIII negaba la validez de las
ordenaciones anglicanas. El movimiento de Oxford ya había recibido las iras de
los Evangélicos y de los Metodistas, así como de la
mayor parte de los sectores más radicales de la Low Church. Los acuerdos a los
que llegaron en 1932 las autoridades del anglicanismo con viejos-católicos
cismáticos para revalidar las ordenaciones anglicanas, permitían un respiro en
las aspiraciones de los más tenaces devotos del Prayer Book. Pero el camino era
largo y difícil.
Las cosas
parecieron mejorar con la visita que hizo en 1960 el Dr. Fischer, Arzobispo de
Canterbury, al Papa Juan XXIII. Allí se trató del anhelo ecuménico del Papa y
de su decisión de crear un Secretariado para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos. A raíz del Concilio Vaticano II, todo cambió súbitamente. El empeño
católico de potenciar la vía ecuménica cobró forma con los documentos
conciliares, concretamente Unitatis Redintegratio.
El sucesor de
Fischer, el Arzobispo Ramsey, fue a Roma en 1966, una vez acabado el Concilio,
y se entrevistó con el Papa Pablo VI. Al término del encuentro ambos
comunicaron oficialmente su deseo de un diálogo teológico que,
"fundamentado en el Evangelio y en las tradiciones comunes, pudiera
conducir a la unidad por la que Cristo había rezado".
Pero este diálogo
no podía reducirse a tratar argumentos teológicos, como la Sagrada Escritura,
la Tradición y la Liturgia, sino que debía ocuparse de las dificultades
prácticas, tal como las veían unos y otros. Todos eran conscientes de los
obstáculos inmensos que suponía la plena comunión en la fe y en diversos
aspectos de la vida sacramental. Pero, por primera vez en muchos años, empezaba
a vislumbrarse un clima cordial de acercamiento. El Papa y el Arzobispo no sólo
no se miraban con recelo, sino que ambos albergaban la esperanza de llegar a un
entendimiento. El hecho de que los dos hubieran firmado una Declaración
Conjunta el 24 de marzo de 1966 comprometiéndose en la búsqueda de soluciones,
era un paso verdaderamente audaz. Quedaba por ver cómo ponerle patas a la cosa.
Un primer paso fue
que el entonces obispo Johannes Willebrands, Secretario del Secretariado para
la Unidad de los Cristianos, viajara a Canterbury para fijar los términos y las
competencias de la que más tarde sería la Comisión Mixta Preparatoria. Esta se
formó con dieciséis miembros, ocho católicos y ocho anglicanos. Tras otra serie
de encuentros en Roma, la lista se hizo pública y se reunieron por vez primera
en Gazzada (Italia), en la segunda semana de enero de 1967. Habría dos
reuniones más para elaborar la lista de temas a tratar y, sobre todo, para
fijar bien dónde se pretendía llegar y en qué cuestiones las partes estarían
dispuestas a ceder. La pregunta del millón era: ¿es posible el diálogo
anglicano-católico? Porque si las conversaciones se establecían al estilo de
las negociaciones, en las que lo que uno gana el otro lo pierde, estaba claro
que aquello no iba a llegar a ninguna parte.
La primera Comisión
(arcic-i)
Como fruto de
aquella preparación, se creó la Comisión Internacional Católico-Anglicana
(conocida por sus siglas inglesas, ARCIC, Anglican-Roman Catholic International
Commission) que se reunió por primera vez en Windsor, en 1970, y concluyó, tras
trece reuniones, también en Windsor, en agosto de 1981. Hasta el año 1979, la
Comisión había publicado cinco documentos y en la última reunión hicieron
públicos otros dos. Este conjunto de trabajos se conoce con el nombre de
Informe Final (Final Report). Final no quiere decir definitivo, ni mucho menos,
sino sencillamente hace referencia al término del mandato que había recibido la
Comisión.
Los asuntos
abordados eran amplios y complejos. El Informe Final de ARCIC incluye
documentos como La Doctrina Eucarística (Windsor 1971), Ministerio y Ordenación
(Canterbury 1973), La autoridad en la Iglesia (I, Venecia 1976 y II en Windsor
1981), y las Dilucidaciones. Al término de los trabajos, la sensación era un
poco más que desalentadora. Desde el punto de vista doctrinal había grandes
abismos. Unos y otros apoyaban sus tesis y las Dilucidaciones de 1981 no hacían
otra cosa que enredar más la madeja. Era obvio que los temas tratados estaban
íntimamente conectados y que la negativa del Papa León XIII a reconocer la
validez de las ordenaciones anglicanas se fundamentaba en serias razones
dogmáticas, litúrgicas y sacramentales. La tarea de recomponer la comunión
pasaba por el arreglo de ese grave escollo.
El Informe final
fue publicado en 1982. Eufemísticamente se afirmaba en él que se había llegado
a un acuerdo sustancial sobre la Eucaristía y el Orden sagrado. Era ser muy
optimista. Quedaba por ver que las autoridades de la Iglesia católica y de la
Comunión anglicana aprobaran los acuerdos alcanzados por los expertos. No es
ocioso recordar que, junto a la Eucaristía y al Orden, se había tratado el
espinoso tema de la Autoridad en la Iglesia.
En 1982, la
Congregación para la Doctrina de la Fe, a cuyo frente se encontraba ya el
Cardenal Ratzinger, publicó unas Observaciones que, si bien alababan el trabajo
de la Comisión, advertían con cautela que la misma había dado por firmes muchas
cosas y que lo había hecho demasiado pronto. No obstante, el asunto se
estudiaría despacio. El estudio tomó entonces dos caminos. De una parte, el
Secretariado para la Unidad de los Cristianos enviaba el Informe Final de
ARCIC-I a todas las Conferencias Episcopales del mundo, invitándolas a
participar en la respuesta oficial de la Santa Sede al documento. De otra, la
Congregación para la Doctrina de la Fe, lo analizaría por su cuenta.
De un modo
paralelo, la Comunión anglicana haría lo propio con sus órganos de gobierno.
Aquí apareció el primer problema práctico: no existe una persona ni un
organismo que tenga jurisdicción doctrinal sobre toda la Comunión anglicana.
Existe la Conferencia de Lambeth, un organismo del cual es presidente el
Arzobispo de Canterbury, que agrupa a todos los obispos de las provincias
anglicanas y que se reúne aproximadamente cada diez años. Pero tal Conferencia
no tiene poderes legislativos. Así pues, sería necesario que cada diócesis y
cada sínodo provincial examinara y aprobara los
textos.
En su reunión de
1988, la Conferencia de Lambeth examinó veintitrés respuestas de otras tantas
provincias autónomas anglicanas. Lo fundamental por parte de la Conferencia era
llegar a un consenso, y éste se expresó diciendo que las declaraciones de
ARCIC-I sobre la Eucaristía y el Ministerio Ordenado eran "conformes con
la sustancia de la fe de los anglicanos". La independencia de las
provincias anglicanas provocó además un nuevo litigio: la aceptación por parte
de la Conferencia de Lambeth de la ordenación presbiteral y episcopal de mujeres hecha por algunos sínodos provinciales. Esto arruinó
el clima de optimismo de ARCIC-I y lanzó una grave sombra de duda sobre los
trabajos de ARCIC-II, que habían comenzado en 1982. En su carta al Arzobispo de
Canterbury, el Papa Juan Pablo II lamentaba que la Comunión anglicana no
hubiera tenido la suficiente sensibilidad para darse cuenta del riesgo de echar
por tierra el esfuerzo de ambas comunidades cristianas, así como que no se
hubiera tenido suficientemente en cuenta las dimensiones ecuménicas y
eclesiológicas de esta cuestión. "Es urgente que tal aspecto se examine con
la máxima atención de manera que se evite dañar seriamente la comunión que ya
existe entre nosotros", señalaba el Papa.
Mientras la Iglesia
católica elaboraba su respuesta, se produjeron dos hechos significativos. Uno,
la publicación de las Observaciones de la Sagrada Congregación para la Doctrina
de la Fe. Otro, la puesta en marcha de una segunda Comisión (ARCIC-II), como
fruto de la visita del Arzobispo Runcie a la Sede de Pedro.
Las Observaciones
de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe fueron, a la postre, la
sustancia de la Respuesta Oficial de la Iglesia católica publicada en 1991. En
ella se subrayaban las principales divergencias, aunque no por eso se deja de
alentar la prosecución del diálogo. ¿Cuáles son estos puntos de disenso? La
verdad es que se trata de asuntos graves y vitales, al menos por lo que a los
católicos se refiere. Los temas abordados por ARCIC-I giran en torno al
misterio de la Eucaristía, al Orden sagrado y a la autoridad en la Iglesia.
Pues bien, no hay posturas cercanas en cuanto a la naturaleza sacrificial de la
Misa, al significado real de la transubstanciación y a la adoración de Cristo
en los tabernáculos de las iglesias como fruto de la fe en su presencia real y
substancial. Por consiguiente, la comprensión del misterio de la ordenación
sacerdotal también es diversa: al fallar la concepción sacrificial de la
celebración eucarística, se difumina la naturaleza ontológica del sacerdocio.
Este punto es tan grave que es precisamente aquí donde las posturas anglicana y
católica parecen irreconciliables, debido a la admisión por parte de los
anglicanos de las mujeres al sacerdocio. Los puntos que se dejaron para
ulteriores encuentros son también delicados y candentes. Uno de ellos es nada
menos que la sucesión apostólica. Porque, puestos a discutir, podría llegarse
incluso a la pregunta: ¿es realmente el actual Arzobispo Primado de los
anglicanos sucesor de San Agustín de Canterbury?
A pesar de los
pesares, el clima sigue siendo de franco y voluntarioso diálogo. En la carta
que escribió el Cardenal Edward Idris Cassidy, Presidente del Pontificio
Consejo para la Unidad de los Cristianos, a los dos co-presidentes de ARCIC-II,
explicándoles la respuesta de la Iglesia católica al Informe Final, se advierte
que tal respuesta debe incorporarse a las conversaciones en curso. Además, el
diálogo debe enmarcarse en todo el esfuerzo ecuménico llevado a cabo desde el
Concilio Vaticano II, sin admitir el desaliento: "El Informe Final de la
primera Comisión Católico-Anglicana constituye una piedra miliar significativa,
no sólo para las relaciones entre la Iglesia Católica y la Comunión Anglicana,
sino para todo el conjunto del movimiento ecuménico", concluía la carta.
Desde su creación,
esta segunda fase de conversaciones ha sido alentada tanto desde Roma como
desde Canterbury. El Cardenal Cassidy escribió a los dos copresidentes
felicitándose por el alto grado de consenso alcanzado gracias a las
Clarificaciones (Clarifications) que ARCIC-II había hecho a los documentos de
ARCIC-I relativos a la Eucaristía y al Sacerdocio. Hasta tal punto era así, que
no parecería necesario, "llegados a este momento del diálogo, continuar la
investigación de nuevos argumentos" y sí, en cambio, "centrarse en la
importancia fundamental del diálogo sobre la Autoridad en la Iglesia".
Esta segunda
Comisión (ARCIC-II) ha publicado ya un gran número de documentos: La Salvación
y la Iglesia (1986), La Iglesia como Comunión (1990), La Vida en Cristo: la
Moral, la Comunión y la Iglesia (1993), las Clarificaciones concordadas sobre
los puntos de ARCIC-I relativos a la Eucaristía y el Sacerdocio (1994) y uno
interesantísimo, de septiembre de 1998, sobre la Autoridad en la Iglesia: El
don de la Autoridad.
Entretanto, otros
grandes sucesos han influido en el diálogo. De una parte, la decisión de ambas
confesiones de añadir calor humano al proceso de diálogo abierto. En este
sentido se vienen realizando encuentros y coincidencias al máximo nivel. La más
significativa y reciente ha sido la presencia del Arzobispo de Canterbury,
George Carey, en la apertura de la Puerta santa de San Pablo Extramuros, el 18
de enero pasado, celebración ecuménica sin precedentes en la Historia si se
tiene en cuenta el número y la calidad de las representaciones cristianas
presentes. Pero ha habido otras, más específicas, como la visita a Roma del
Arzobispo Carey en diciembre de 1996, en la que se habló sin ambages de la
cuestión de la Primacía del Papa, que estaba empezando a tomar forma en el seno
de muchas comunidades anglicanas bajo la fórmula de la primacía espiritual,
Primado de Amor y Unidad o, como otros prefieren, Primado de Servicio. Es
significativo que Juan Pablo II citara en tal contexto las palabras del Papa
San León Magno, predecesor del actual Pontífice, y que fue el que envío a San
Agustín de Canterbury a convertir a los anglos. Como San León, Juan Pablo II
entiende que su ministerio es ser el siervo de los siervos de Dios, de manera
que el oficio del Obispo de Roma es "ser el primero entre los servidores
de la unidad"; "asegurar la Comunión de todas las iglesias".
Cada documento de
ARCIC-II ha suscitado, tanto en el lado anglicano como católico, una serie de
reflexiones por parte de las respectivas autoridades. La Sagrada Congregación
para la Doctrina de la Fe ha elaborado nuevas "observaciones" a los
principales trabajos publicados por esta segunda comisión, con el fin de que su
contenido se incorpore al diálogo.
A pesar del amplísimo
trabajo de ARCIC-II, el documento estrella de esta segunda fase de las
conversaciones es, sin duda, el medido estudio eclesiológico sobre la
Autoridad. Aquí se encuentran los grandes planteamientos que trazarán la senda
por la que poder marchar unidos. No es un documento largo ni prolijo. Parece
más bien una mirada amable a la Iglesia tal como la quiere Jesucristo, y en la
que se aprecia ante todo el deseo de encontrar los puntos de unión, sobre todo
de cara a facilitar la unidad con la cierta esperanza del papel clave que el
Obispo de Roma pueda tener en ella.
En su tercera parte
se estudia el ejercicio de la autoridad: desde la predicación autorizada de la
Palabra hasta la sinodalidad, la colegialidad, la conciliariedad y la libertad
de conciencia, asunto este último muy apreciado por la mentalidad anglosajona.
Luego plantea un consenso sobre el ejercicio práctico de la autoridad y
pormenoriza las dificultades que se encuentran en uno y otro campo. Para que se
compruebe la importancia de lo que allí se dice, basta esta afirmación:
"La recepción del primado del Obispo de Roma implica el reconocimiento del
específico ministerio del primado universal. Creemos que este es un don que
todas las Iglesias deben acoger".
Este documento ha
tenido dos importantes precedentes: la encíclica Ut Unum Sint -texto
imprescindible para entender la mente de la Iglesia y del Papa en este terreno-
y el Informe Virginia, que sirvió de base a la Comunión anglicana para fijar su
postura en la Conferencia de Lambeth de 1998. Además de esta reunión, en
septiembre del año pasado se reunió en Dundee (Escocia) el Concilio Consultivo
Anglicano, otro eficaz instrumento para mantener la unidad entre los propios
anglicanos. Este Concilio agrupa obispos, sacerdotes y laicos de cada una de
las treinta y dos provincias anglicanas. Se reúne cada tres años bajo la
presidencia del Arzobispo de Canterbury. En dicho "Concilio" se ha
vuelto a discutir el Virginia Report y se ha hecho un amplio debate sobre El
don de la autoridad, tomándose la determinación de enviarlo a todas las
provincias y sínodos para su estudio.
Lo que anuncia el
porvenir
La última visita
del Arzobispo Carey antes de la reciente presencia en la apertura de la Puerta
Santa, fue en febrero del año pasado. Aunque la finalidad de la visita era
inaugurar un Centro anglicano en Roma, el Arzobispo de Canterbury no dejó pasar
la ocasión de visitar al Papa.
La distancia que
separa a la Iglesia católica y la Comunión anglicana no ha hecho más que
acortarse en estos treinta años de diálogo. La ordenación de mujeres, a pesar
de toda su carga negativa, no es, sin embargo, el único punto caliente. Tampoco
han faltado, como por desgracia ha puesto de relieve ARCIC-II, distintas
sensibilidades en los que se refiere a la admisión a la comunión eucarística de
divorciados vueltos a casar o a la legitimidad moral de los métodos
anticonceptivos.
Quedan, pues,
muchos problemas sobre el tablero, pero también existe una firme y sincera
voluntad de afrontarlos. Como ha dicho el Papa, "podemos escucharnos yendo
más allá de las polémicas estériles y teniendo en la cabeza solamente la
voluntad de Cristo para su Iglesia.
La postura católica
ya quedó fijada en la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe
Inter Insigniores de 1976. En las conversaciones de la ARCIC se trataba de
saber si la confesión anglicana tenía una concepción del sacerdocio distinta a
la del catolicismo y la ortodoxia. A este problema se unía otro, de índole
práctica, debido a la falta de comunión entre los propios anglicanos; tras la
polémica decisión, algunas provincias se negaban a reconocer las ordenaciones
femeninas realizadas.
En la
correspondencia cruzada entre el Arzobispo Runcie y el Cardenal Willebrands, se
encuentran reflejadas las dificultades de este acercamiento. El Cardenal citaba
al Papa, señalando que en la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994) se
había declarado definitiva la doctrina según la cual "la Iglesia Católica
Romana considera que no tiene derecho a cambiar una tradición ininterrumpida a
lo largo de la Historia de la Iglesia, universal en Oriente y Occidente y
considerada como genuinamente apostólica".
A pesar de todo, el
Cardenal admitía que ni en las Escrituras ni en la Tradición aparecen de modo explícito
objeciones fundamentales a la ordenación de las mujeres, como argumentan los
anglicanos. A su vez, el Arzobispo Runcie también reconocía con franqueza que
para aceptar la autenticidad de "una innovación teológica tan
importante" no bastaba con la ausencia de razones contrarias a ella, sino
que hacían falta razones objetivas de índole teológica, no meramente
sociológica o cultural. Para los anglicanos, una de estas razones era que
Cristo había redimido a toda la humanidad (de la cual la mitad son mujeres).
Como el sacerdocio tiene una cierta naturaleza representativa, entonces debía
abrirse a las mujeres.
La respuesta del
Card. Willebrands subraya que la tradición ha sido rota unilateralmente por la
Iglesia anglicana, añade una perturbación al diálogo ecuménico y se arroga un
derecho que nadie jamás entre los cristianos había reivindicado. El Cardenal se
pregunta cómo entiende entonces el anglicanismo la naturaleza de la Iglesia y
su relación con una tradición autoritativa, para referirse luego a la sacramentalidad
del ministerio ordenado y a la cuestión de que el sacerdote actúa "en la
persona de Cristo" cuando consagra y cuando absuelve, y Cristo
"es" varón actualmente. Concluye que el sacerdocio ministerial forma
parte de la iconografía sacramental ya que el sacerdote no
"representa" el sacerdocio de todos los bautizados, sino que
representa a Cristo.
Estas cartas fueron
publicadas por el Vaticano el 30 de junio de 1986 y arrojan bastante luz sobre
la senda segura por donde deberá avanzar el diálogo anglicano-católica. Subyace
en el fondo la gran cuestión de si la Iglesia anglicana ya no se considera una
Iglesia Apostólica, vinculada a la Tradición.