Un intenso
diálogo de la caridad preside las
relaciones con las
antiguas iglesias orientales
Carlos de Francisco Vega.
Revista Palabra
nº 429-430
abril de 2000
Tomado de http://www.conoze.com
Las primeras escisiones de la túnica inconsútil de Cristo tuvieron
lugar en Oriente señala la Unitatis Redintegratio, 13 por la impugnación de las fórmulas
dogmáticas de los Concilios de Éfeso y Calcedonia. De
ahí parten, confirma el Concilio Vaticano II, las Iglesias que más tiempo
llevan separadas de la comunión con Roma: son las denominadas Antiguas Iglesias
Orientales. El aislamiento secular al que han estado sometidas, conviviendo con
regímenes adversos o en medio de un mundo hostil, ha facilitado en las últimas
décadas el redescubrimiento mutuo de la necesidad de una unión eclesial en la
tradición apostólica común y ha llevado a acuerdos ecuménicos importantes.
Sus fieles son en
cierto sentido «nuestros cristianos mayores», que viven, celebran y anuncian,
en medio de no pocas dificultades, a Cristo, único y común Señor de la Iglesia.
La familia
cristiana no estaría completa si omitiéramos a estos cristianos, numéricamente
poco significativos, que viven por ello entre el desconocimiento y la
dispersión. Forman parte de la túnica inconsútil que no se rompe porque no
tiene costuras, en probable alusión a la unidad eclesial. Son los cristianos
herederos de la situación que se produjo en el siglo V, cuando la fe cristiana
quedó sancionada en fórmulas sintetizadas con el empleo de términos que luego
fueron objeto de discusión y que, a la postre, sellaron la separación.
Hay que recordar,
en honor a la verdad, que aquellos primeros concilios de la Iglesia formularon
más ampliamente la fe del Símbolo, configuraron la liturgia y la organización
eclesial incipientes, y ofrecieron unas pautas canónicas. Las decisiones
conciliares afectaban tanto a quienes disentían como a quienes aceptaban lo
acordado. Los arrianos y los macedonianos, al negar
la divinidad de Cristo (Nicea, 325) y del Espíritu
Santo (Constantinopla, 381), fueron los primeros que se separan de la fe común:
su existencia parece que no superó el siglo VII. Mientras, nestorianos (Éfeso, 431) y monofisitas (Calcedonia, 451) atribuían a
Cristo doble persona y una sola naturaleza, respectivamente. Estos dos últimos
grupos han llegado hasta nuestros días.
Las llamadas
Antiguas Iglesias Orientales, a diferencia de las Iglesias Ortodoxas de
tradición bizantina, forman actualmente dos grupos: la Iglesia Asiria de Oriente, que tiene su inicio en el Concilio de Éfeso, y un conjunto de Iglesias llamadas monofisitas
integrado por cuatro: la Iglesia Armenia Apostólica, la Iglesia Copta Ortodoxa,
la Iglesia Etíope Ortodoxa y la Iglesia Siria Ortodoxa. De ésta última nace, en
siglos posteriores y por efecto misionero, la Iglesia Siria Ortodoxa de
Oriente. A todas ellas se las califica como no calcedonianas,
porque no aceptaron la doble naturaleza en Cristo definida en Calcedonia.
La iglesia asiria de oriente
Esta Iglesia, que
quiere ser heredera de la época apostólica por la actividad que desarrolló
Santo Tomás, se la denomina también «nestoriana» porque se apoyó en los errores
de Nestorio, arzobispo de Constantinopla (428-431).
Depuesto Nestorio y perseguidas sus ideas por el
Imperio bizantino, los miembros de esta Iglesia se organizaron en Persia,
separándose de Antioquía y a su vez de Roma, y toman Seleucia-Ctesifonte como sede.
La Iglesia Asiria de Oriente comienza a ser perseguida con la
aparición del Islam. Por esta razón hubo de entenderse con los árabes, quienes
vieron en los nestorianos unos aliados frente a los persas. La vitalidad de
esta Iglesia comienza a declinar a finales del primer milenio.
Es importante
resaltar que esta Iglesia tuvo un gran empuje misionero, de tal forma que
muchas regiones de Asia fueron evangelizadas según la tradición nestoriana y
siguiendo la comercial «ruta de la seda». Así, su apostolado llegó a China y a
la India. (s. VII).
Durante la Edad
Media la decadencia de esta Iglesia fue grande. Quizá los primeros intentos de
unión con Roma hay que interpretarlos como una necesidad ante las
circunstancias adversas. Así, el Arzobispo nestoriano Timoteo de Tarso firma la
unión con Roma en el Concilio de Florencia, el 7 de agosto de 1445, mediante la
bula Benedictus sit Deus,
que no surtió el efecto deseado.
Puesto que las
Iglesias Orientales Católicas tienen la especial misión de promover la unidad
de todos los cristianos, sobre todo de los orientales (OE 24), las relaciones
ecuménicas de la Iglesia católica con la Iglesia Asiria
de Oriente han de tener en cuenta a la Iglesia Caldea católica, que sirve de
puente.
En realidad, el
verdadero diálogo ecuménico entre católicos y nestorianos comienza formalmente
con el encuentro entre el Papa Juan Pablo II y el actual Patriarca nestoriano
Mar Dinkha IV. Este primer encuentro dio como
resultado una Declaración común (11 de noviembre de 1994) que subrayaba los
puntos comunes en materia cristológica: Nuestro Señor
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, perfecto en su divinidad y
perfecto en su humanidad, consustancial con el Padre y consustancial con
nosotros en todo, menos en el pecado. Su divinidad y su humanidad están unidas
en una sola persona, sin confusión ni cambio, sin división ni separación.
Como fruto de esta
importante Declaración, se advierte un esfuerzo por superar malentendidos sobre
las antiguas controversias, y se reconoce la legitimidad y exactitud en las
expresiones de «Madre de Cristo» y «Madre de Dios» dadas en la liturgia y en la
piedad de ambas Iglesias. También ambos jerarcas deciden establecer una Comisión
mixta para llevar a cabo el diálogo teológico entre ambas Iglesias (la primera
reunión se celebró del 22 al 24 de noviembre de 1995 en Roma). Por parte
católica la integran algunos obispos de la Iglesia Caldea católica, lógicamente
más en contacto con las jerarquías nestorianas. La Comisión, que en alguna
ocasión ha sido recibida en audiencia por el Papa, está analizando la
comprensión común de los sacramentos, con la esperanza de ver materializados
los trabajos en algún documento.
Aquellos grupos de
cristianos que sostenían la doctrina defendida por el monje Eutiques
de que Cristo sólo tenía una naturaleza (monos-fisis)
fueron condenados por el Concilio de Calcedonia y fueron denominados
«monofisitas». Esta doctrina se extendió por todo el imperio bizantino, lo que
dio lugar al establecimiento de Iglesias que no afirmaban el «difisismo» de la Iglesia común, apoyado también por el
emperador o «melquita». Así fueron surgiendo las primeras cuatro Iglesias
monofisitas o no melquitas: en Egipto, en Etiopía, en Armenia y en Siria. Todas
ellas independientes, aunque con un origen común.
El cristianismo
llegó a Egipto desde sus inicios, y debe a San Marcos la evangelización de
estas tierras regadas por el Nilo. Los coptos o
cristianos de Egipto, tras la celebración del Concilio de Calcedonia, siguieron
el monofisismo. Actualmente están gobernados por Shenouda
III, Patriarca de San Marcos.
La situación de
esta Iglesia, ubicada en medio del mundo musulmán, tiene especiales
dificultades para hacerse oír en el exterior; por consiguiente, también para
entablar diálogo con otras Iglesias y concretamente con Roma. No obstante, una
primera tentativa de unión fue sellada en el Concilio de Florencia (4 de
febrero de 1442) por el monje Andrés, representante de la jerarquía copta,
mediante la Bula Cantate Domino.
El unionismo de
antaño ha dado paso al ecumenismo actual con el llamado «diálogo de la caridad»
o de gestos fraternos que tiene esta Iglesia, como el resto de las monofisitas.
El Patriarca Shenouda ya visitó al Papa Pablo VI y
ambos, como fruto de este encuentro, firmaron el 10 de mayo de 1973 una
Declaración común: en ella se afirma que la divinidad de Cristo "está
unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión,
sin alteración, sin división, sin separación".
Las diferencias
entre la Iglesia católica y la Copta ortodoxa, objeto del diálogo teológico,
fueron alimentadas por factores no teológicos y mantenidas por las vicisitudes
históricas de aislamiento o dispersión en medio del mundo musulmán. Por
ejemplo, el Patriarca Shenouda III estuvo confinado
entre 1982 y 1985.
Una Comisión mixta,
reunida en varias ocasiones, ofrece el resultado de sus estudios en Relaciones
y Comunicados, publicados en el Enchiridion Oecumenicum editado en Salamanca. Ambas iglesias aprobaron
en junio del 79 unos principios que orienten el camino hacia la unidad.
En su reciente
viaje a Egipto y al Sinaí, en febrero, Juan Pablo II
pudo encontrarse, como gesto fraterno, con el Patriarca Shenouda
y fieles de esta Iglesia. Sin embargo, el diálogo teológico actualmente no
tiene el mismo ritmo que en sus inicios.
Esta Iglesia es hija
de la anterior, con la que estuvo unida hasta 1959. Ha tenido que convivir con
el régimen marxista de Etiopía y, con frecuencia, en medio de guerras y
calamidades humanas (Sin embargo, sigue siendo de una de las iglesias no calcedonianas con mayor número de fieles)
No debe, pues,
extrañar que entre los católicos y los coptos de Etiopía no se haya iniciado
todavía un diálogo teológico estable, diálogo que vendría a coincidir con el de
los coptos de Egipto.
Sin embargo, dos de
los últimos máximos jerarcas etíopes han visitado al Papa en Roma: el Abuna Tekle Hamainot,
que estuvo el 17 de octubre de 1981, y el Abuna Paulos, el 16 de junio de 1993. A este último, el Papa le
dijo que "compartimos la misma fe recibida de los Apóstoles, los mismos
sacramentos y el mismo ministerio radicado en la sucesión apostólica".
Está organizada
esta Iglesia en cuatro patriarcados, con sedes en Etchmiadzin,
Jerusalén, Constantinopla y Cilicia. Debe su origen a
los apóstoles Bartolomé y Tadeo, quienes evangelizan la Armenia y más tarde
Gregorio el Iluminador organiza esta Iglesia. El monofisismo llegó a Armenia en
el año 506 y se acepta como reacción contra Bizancio.
Ha vivido esta Iglesia en medio de invasiones y guerras, sufriendo una fuerte
emigración.
Los contactos con
Roma son relativamente frecuentes. Las visitas de Pablo VI y Juan Pablo II a
Tierra Santa y Constantinopla fueron ocasiones para entrevistarse con las
jerarquías armenias de estos lugares. Por parte armenia han visitado a Pablo VI
los jerarcas armenios de Cilicia, Etchmiadzin
y Estambul. De todas las visitas a Roma habría que destacar las efectuadas por
los Patriarcas de todos los armenios Vasken I en 1970
y Karekin I en 1983, 1987, 1996 y 1999. Al encuentro
de Asís, propiciado por Juan Pablo II en 1987, acudió también la jerarquía
armenia. No debe, pues, extrañar, que el Papa Juan Pablo II, poco antes de
morir Karekin I en junio de 1999, tuviera intención
de visitar, en viaje relámpago desde Polonia, al moribundo Patriarca, quien
meses antes le había invitado a visitar Armenia.
Puede afirmarse que
el diálogo teológico no existe, pero se ve recompensado por el fuerte «diálogo
de la caridad» y por el caluroso trato fraterno que las comunidades armenias
unidas a Roma alientan. También hay que recodar el precedente infructuoso de la
unión suscrita en el Concilio de Florencia por la Bula Exultate
Deo el 22 de noviembre de 1439.
La separación
originada en el Concilio de Calcedonia afectó, en primer lugar, a la comunidad
cristiana de Antioquía. Quienes aceptaron el
monofisismo fueron inicialmente perseguidos por los emperadores bizantinos y,
ya casi al borde de su desaparición, organiza esta Iglesia Jacobo Baradeo, apoyado por la emperatriz Teodora y consagrado
obispo, lo que valió el calificativo a esta Iglesia de «jacobita».
Los contactos de
esta Iglesia con Roma surgen en la época de las cruzadas, y posteriormente se
materializan con la firma de la unión en el Concilio de Florencia el 30 de
noviembre de 1444 mediante la Bula Multa et admirabilia.
Como ocurrió con el resto de las Antiguas Iglesias Orientales, la unión resultó
un fracaso.
En tiempos más
recientes esta Iglesia ha cultivado tanto las visitas de sus jerarcas a Roma
(Mar Ignacio Jacobo III en 1971 y 1980, y Mar Ignacio Zakka
I Iwas en 1984), como una importante Declaración
común suscrita el 23 de junio de 1984 por el que ambas Iglesias autorizan a sus
fieles recibir de la otra Iglesia en determinadas circunstancias los
sacramentos de la penitencia, eucaristía y unción de enfermos.
Un caso singular es
la Iglesia Siria Ortodoxa del Oriente o Malankar,
filial de la anterior aunque independiente desde 1912, que tiene dos documentos
sobre el matrimonio y la comunión eucarística (1990) como resultado de su
diálogo con Roma.
A todas estas
Iglesias, con una población minúscula, frecuentemente dispersa, casi siempre
con fuerte emigración de sus lugares de origen, no se les puede aplicar el
posterior desarrollo de la fe de la Iglesia definido en siglos posteriores.
Con las
limitaciones que se quieran, todas han iniciado unos contactos, a veces
intensos, con la Iglesia católica presidida por Roma. El aislamiento secular a
que han estado sometidas, el tener que convivir con regímenes adversos o en
medio de un mundo hostil y erizado de dificultades por los avatares políticos
de la historia, han propiciado el descubrimiento mutuo de la necesidad de la
unión eclesial. De hecho, estas Iglesias no calcedonianas
desean caminar hacia la tradición apostólica común, que disipe algunos puntos
necesitados de clarificación.
De todas estas
Iglesias, han nacido sus correspondientes Iglesias Orientales católicas tras
las malogradas bulas de unión del Concilio de Florencia. A diferencia de las
Iglesias Orientales católicas nacidas de las Iglesias Ortodoxas de tradición bizantina y calificadas por éstas de «uniatas», aquéllas están más unidas a la común tradición en
la que mutuamente se apoyan.
Ojalá el
ecumenismo, que cabalga unido a la evangelización, se traduzca para las
Antiguas Iglesias Orientales en fidelidad a su propia tradición (caldea o
nestoriana, alejandrina o copta, antioquena o jacobita, y armenia) y en la
común profesión y celebración de la misma fe.
Como señalaba no
hace mucho Mons. Eleuterio Fortino, Subsecretario de
Consejo para la Unidad de los Cristianos, refiriéndose a las dificultades que
plantea el diálogo ecuménico con el conjunto de Iglesias ortodoxas, "la
discrepancia más importante y común a todas estas iglesias sigue siendo la
función que corresponde al Obispo de Roma en la Iglesia".