Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de
los miércoles
Tomado de http://www.multimedios.org
1. El
libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece un discurso de san Pablo a los
atenienses, que resulta de gran actualidad para el areópago del pluralismo
religioso de nuestro tiempo. Para presentar al Dios de Jesucristo, san Pablo
toma como punto de partida la religiosidad de sus oyentes, con palabras de
aprecio: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más
respetuosos de la divinidad. En efecto, al pasar y contemplar vuestros
monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada
esta inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que adoráis
sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch
17, 22-23).
En mi
peregrinación espiritual y pastoral a través del mundo de hoy he expresado
repetidamente la estima de la Iglesia por «cuanto hay de verdadero y santo» en
las religiones de los pueblos. Siguiendo la línea del Concilio, he añadido que
la verdad cristiana ayuda a «promover los bienes espirituales y morales, así
como los valores socio-culturales que se encuentran en ellos» (Nostra aetate, 2). La paternidad
universal de Dios que se manifestó en Jesucristo, impulsa al diálogo también
con las religiones que no provienen de la raíz de Abraham. Ese diálogo se
presenta lleno de estímulos y desafíos si se piensa, por ejemplo, en las
culturas asiáticas, profundamente impregnadas de espíritu religioso, o en las
religiones tradicionales africanas, que constituyen para muchos pueblos una
fuente de sabiduría y vida.
2. En
el encuentro de la Iglesia con las religiones mundiales es necesario el
discernimiento de su carácter específico, es decir, del modo como se acercan al
misterio de Dios salvador, realidad definitiva de la vida humana. En efecto,
toda religión se presenta como una búsqueda de salvación y propone itinerarios
para alcanzarla (cf. Catecismo de la Iglesia
católica, n. 843). Uno de los presupuestos del diálogo es la certeza de que
el hombre, creado a imagen de Dios, es también «lugar» privilegiado de su
presencia salvífica.
La
oración, como reconocimiento adorante de Dios, gratitud por sus dones y
petición de ayuda, es camino especial de encuentro, sobre todo con aquellas
religiones que, aun sin haber descubierto el misterio de la paternidad de Dios,
«tienen, por decirlo así, extendidos sus brazos hacia el cielo» (Evangelii nuntiandi,
53). En cambio, resulta más difícil el diálogo con algunas corrientes de la
religiosidad contemporánea, en las que a menudo la oración acaba por
convertirse en una ampliación de la energía vital, que confunden con la
salvación.
3. Son
varias las formas y los niveles del diálogo del cristianismo con las demás
religiones, comenzando por el diálogo de la vida, «en el que las personas se
esfuerzan por vivir en un espíritu de apertura y de buena vecindad,
compartiendo sus alegrías y penas, sus problemas y preocupaciones humanas»
(Documento Diálogo y anuncio del Consejo pontificio para el diálogo
interreligioso y la Congregación para la evangelización de los pueblos, 19 de
mayo de 1991, n. 42: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 28 de junio de 1991, p. 11).
Especial
importancia tiene el diálogo de las obras, entre las que cabe destacar la
educación para la paz y el respeto del medio ambiente, la solidaridad con el
mundo del sufrimiento y la promoción de la justicia social y del desarrollo
integral de los pueblos. La caridad cristiana, que no conoce fronteras, valora
el testimonio solidario de los miembros de otras religiones, alegrándose por el
bien que realizan.
Está,
luego, el diálogo teológico, en el que los expertos tratan de profundizar la
comprensión de sus respectivos patrimonios religiosos y de apreciar sus valores
espirituales. Sin embargo, los encuentros entre especialistas de diversas
religiones no pueden limitarse a la búsqueda de un mínimo común denominador.
Tienen como objetivo prestar un valiente servicio a la verdad, poniendo de
relieve tanto áreas de convergencia como diferencias fundamentales, en un
esfuerzo sincero por superar prejuicios y malentendidos.
4.
También el diálogo de la experiencia religiosa está cobrando cada vez mayor importancia.
El ejercicio de la contemplación responde a la inmensa sed de interioridad
propia de las personas que realizan una búsqueda espiritual y ayuda a todos los
creyentes a penetrar más hondamente en el misterio de Dios. Algunas prácticas
procedentes de grandes religiones orientales ejercen gran atractivo sobre el
hombre de hoy. Pero los cristianos deben aplicar un discernimiento espiritual,
para no perder nunca de vista la concepción de la oración tal como la ilustra
la Biblia a lo largo de toda la historia de la salvación (cf.
carta Orationis formas de la Congregación para la
doctrina de la fe sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 15 de
octubre de 1989: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 24 de diciembre de 1989, pp. 6-8).
Este
necesario discernimiento no impide el diálogo interreligioso. En realidad,
desde hace varios años, los encuentros con los ambientes monásticos de otras
religiones, caracterizados por una cordial amistad, abren caminos para
compartir las riquezas espirituales «en lo que se refiere a la oración y la
contemplación, la fe y las vías de la búsqueda de Dios y del Absoluto»
(Diálogo y anuncio, 42). Con todo, nunca se ha de usar la mística como
pretexto para favorecer el relativismo religioso en nombre de una experiencia
que reduzca el valor de la revelación de Dios en la historia. En calidad de
discípulos de Cristo, sentimos la urgencia y la alegría de testimoniar que
precisamente en él Dios se manifestó, como nos dice el evangelio de san Juan:
«A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18).
Este
testimonio se ha de dar sin ninguna reticencia, pero también con la convicción
de que la acción de Cristo y de su Espíritu ya está misteriosamente presente en
los que viven sinceramente su experiencia religiosa. Y junto con todos los
hombres auténticamente religiosos la Iglesia realiza su peregrinación en la
historia hacia la contemplación eterna de Dios en el esplendor de su gloria.