Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de
los miércoles
Tomado de http://www.multimedios.org
1.
Profundizando en el tema del diálogo interreligioso, reflexionemos hoy en el
diálogo con los musulmanes, que «adoran con nosotros al Dios único y
misericordioso» (Lumen gentium, 16; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 841). La
Iglesia los mira con aprecio, convencida de que su fe en Dios trascendente
contribuye a la construcción de una nueva familia humana, fundada en las más
altas aspiraciones del corazón humano.
Como
los judíos y los cristianos, también los musulmanes contemplan la figura de
Abraham como un modelo de sumisión incondicional a los designios de Dios (cf. Nostra aetate, 3). Siguiendo el ejemplo de Abraham, los fieles
se esfuerzan por reconocer en su vida el lugar que corresponde a Dios, origen,
maestro, guía y fin último de todos los seres (cf.
Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, Mensaje a los musulmanes
con ocasión del fin del Ramadán, 1997). Esta disponibilidad y apertura
humana a la voluntad de Dios se traduce en una actitud de oración que expresa
la situación existencial de toda persona ante el Creador.
En la
trayectoria de la sumisión de Abraham a la voluntad divina se encuentra su
descendiente la Virgen María, Madre de Jesús que, especialmente en la piedad
popular, es invocada con devoción también por los musulmanes.
2. Con
alegría los cristianos reconocemos los valores religiosos que tenemos en común
con el islam. Quisiera hoy repetir lo que dije hace
algunos años a los jóvenes musulmanes en Casablanca: «Creemos en el mismo Dios,
el Dios único, el Dios vivo, el Dios que creó el mundo y que lleva a todas las
criaturas a su propia perfección» (19 de agosto de 1985, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 15 de septiembre de 1985 p. 14). El patrimonio de textos revelados de
la Biblia afirma de modo unánime la unicidad de Dios. Jesús mismo la reafirma,
haciendo suya la profesión de Israel: «El Señor, nuestro Dios, es el único
Señor» (Mc 12, 29; cf.
Dt 6, 4-5). Es la unicidad expresada también
en estas palabras de alabanza que brotan del corazón del apóstol san Pablo: «Al
Rey de los siglos, al Dios inmortal invisible y único, honor y gloria por los
siglos de los siglos. Amén» (1 Tm 1, 17).
Sabemos
que, a la luz de la plena revelación en Cristo, esa unicidad misteriosa no se
puede reducir a una unidad numérica. El misterio cristiano nos lleva a
contemplar en la unidad sustancial de Dios a las personas del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo: cada una posee la entera e indivisible sustancia divina,
pero una es distinta de la otra en virtud de su relación recíproca.
3. Las
relaciones no atenúan en lo más mínimo la unidad divina como explica el IV
concilio de Letrán celebrado el año 1215: «Cualquiera
de las tres personas es aquella realidad, es decir, la sustancia, esencia o
naturaleza divina (...). Aquél ser ni engendra, ni es engendrado, ni procede» (DS
804). La doctrina cristiana sobre la Trinidad reafirmada en los concilios,
rechaza explícitamente cualquier «triteísmo» o
«politeísmo». En este sentido, o sea, en referencia a la única sustancia
divina, hay una significativa correspondencia entre cristianismo e islam.
Sin
embargo, esa correspondencia no debe hacernos olvidar las diferencias que
existen entre las dos religiones. En efecto, sabemos que la unidad de Dios se
expresa en el misterio de las tres divinas personas, pues, dado que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8),
Dios es desde siempre Padre que se dona enteramente engendrando al Hijo, unidos
ambos en una comunión de amor que es el Espíritu Santo. Esta distinción y
compenetración (??????????? ) de las tres personas
divinas no se añade a su unidad, sino que es su expresión más profunda y caracterizante.
Por
otra parte, no hay que olvidar que el monoteísmo trinitario típico del
cristianismo sigue siendo un misterio inaccesible a la razón humana, la cual,
sin embargo, está llamada a aceptar la revelación de la íntima naturaleza de
Dios (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n.
237).
4. El
diálogo interreligioso, que lleva a un conocimiento mas profundo y a la estima
recíproca, es un gran signo de esperanza (cf. Consejo
pontificio para el diálogo interreligioso, Mensaje a los musulmanes con
ocasión del fin del Ramadán, 1998). Las tradiciones cristiana y musulmana
tienen una larga historia de estudio, reflexión filosófica y teológica, arte,
literatura y ciencia, que ha dejado huellas en las culturas occidentales y
orientales. La adoración del único Dios, Creador de todos, nos impulsa a
intensificar en el futuro nuestro conocimiento recíproco.
En el
mundo de hoy, marcado trágicamente por el olvido de Dios, cristianos y musulmanes
están llamados a defender y promover siempre, con espíritu de amor, la dignidad
humana, los valores morales y la libertad. La peregrinación común hacia la
eternidad debe expresarse mediante la oración, el ayuno y la caridad, pero
también con un compromiso solidario en favor de la paz y la justicia, la
promoción humana y la protección del ambiente. Avanzando juntos por el camino
de la reconciliación y renunciando, con humilde sumisión a la voluntad divina,
a toda forma de violencia como medio para resolver las divergencias, las dos
religiones podrán dar un signo de esperanza, haciendo que resplandezca en el
mundo la sabiduría y la misericordia del único Dios, que creó y gobierna la
familia humana.