Mensaje de S.S. Juan
Pablo II luego del rezo del Ángelus en la solemnidad de la Epifanía del Señor
«Caminarán
los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60, 3).
Hoy la
Iglesia celebra la solemnidad de la Epifanía, «manifestación» de Cristo a todas
las gentes, representadas por los Magos venidos de Oriente.
Esta
fiesta nos ayuda a penetrar en el sentido profundo de la misión universal de la
Iglesia, que se puede entender como un movimiento de irradiación: la
irradiación de la luz de Cristo, reflejada en el rostro de su Cuerpo místico. Y
puesto que esta luz es luz de amor, de verdad y de belleza, no se impone con la
fuerza, sino que ilumina las mentes y atrae los corazones.
La
Iglesia, al irradiar esta luz, obedece al mandato de Cristo resucitado: «Id pues, y haced discípulos a todas las gentes...» (Mt 28, 19).
Se
trata de un movimiento que desde el centro, desde la Eucaristía, se difunde en
todas las direcciones a través del testimonio y el anuncio del Evangelio. Este
«ir» está animado por un impulso interior de caridad, sin la cual no produciría
ningún fruto.
La
experiencia de los Magos es muy elocuente al respecto: avanzan guiados por la
luz de una estrella, que los atrae a Cristo. La Iglesia debe ser como aquella
estrella, es decir, capaz de reflejar la luz de Cristo, para que los hombres y
los pueblos que buscan la verdad, la justicia y la paz, se pongan en camino
hacia Jesús, único Salvador del mundo.
Este
deber misionero está encomendado a todo el pueblo de Dios, pero de modo
particular compete a cuantos están llamados al ministerio apostólico, es decir,
a los obispos y a los sacerdotes. Hoy, fiesta de la Epifanía, según una
costumbre ya consolidada, he tenido la alegría de consagrar doce nuevos
obispos.
Oremos
juntos por estos nuevos pastores y por todos los obispos del mundo, a fin de
que su servicio al Evangelio sea cada vez más generoso y fiel.
En
este día dirijo un pensamiento especial a los hermanos del Oriente cristiano,
muchos de los cuales celebran precisamente hoy la santa Navidad. Ante la imagen
del Niño Jesús, cuidado amorosamente por María y san José, invocamos la gracia
de una mayor profundización de las relaciones de entendimiento y de comunión
entre los cristianos de Oriente y Occidente. Las diversidades en las
tradiciones litúrgicas no sólo no deben constituir un obstáculo a la unidad,
sino que deben ser un estímulo para el conocimiento y el enriquecimiento
recíprocos.
Confiamos
a la Virgen santísima este deseo, a la vez que le pedimos, de modo particular,
que acompañe en su ministerio pastoral a los obispos ordenados esta mañana.