Como debe ser
el diálogo ecuménico
Tomado de http://www.conoze.com
Única es la Iglesia fundada por Cristo, pero son muchas las
comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de
Jesucristo. Así describe el Decr. Unitatis
Redintegratio (=UR), en su primer capítulo, el núcleo
del "problema ecuménico". Esa división cristiana contradice la
voluntad de Cristo; es un escándalo para el mundo y un serio obstáculo para la
evangelización. De ahí que el Espíritu Santo no cese de impulsar el
"movimiento ecuménico". La Iglesia, además, considera una
"divina vocación y gracia" el deseo de restablecer la unidad que
surge entre los cristianos; y no sólo individualmente, sino también en cuanto
reunidos en asambleas o iglesias. Pero, ¿cómo ser fiel a esta vocación
ecuménica? ¿Qué criterios ha señalado la Iglesia?
Los
"principios católicos" del Ecumenismo se centran en varios aspectos:
la unidad y unicidad de la Iglesia, la valoración teológica de los demás
comunidades cristianas, y la comprensión del Ecumenismo a la luz de esos
presupuestos.
La unidad es la
finalidad de la encarnación, el objeto de la oración de Jesús y del mandato de
la caridad; la unidad es también el efecto de la Eucaristía, así como de la
venida del Espíritu Santo, por medio del cual Jesús congregó al pueblo de la
Nueva Alianza (la Iglesia) en la unidad de la fe, de la esperanza y de la
caridad (cf. UR 2).
Dios mismo ha dado
a la Iglesia principios invisibles de unidad (el Espíritu Santo)y también principios visibles (la confesión de la misma fe,
la celebración de los "sacramentos de la fe", y el ministerio
apostólico).
El Colegio de los
Doce es el depositario de la misión apostólica; de entre los Apóstoles, Jesús
destacó a Pedro. A él confió un ministerio particular. Cristo quiere que, por
medio de los Apóstoles y de sus sucesores, operando el Espíritu Santo, se
perfeccione la comunión de su pueblo en la unidad: en la confesión de una sola
fe, en la celebración común del culto divino y en la concordia fraterna de la
familia de Dios (cf. UR 2).
Estas afirmaciones
se mueven en el marco de la "eclesiología de
comunión", es decir, consideran la Iglesia como un todo orgánico de lazos
espirituales (fe, esperanza, caridad), y de vínculos visibles (profesión de fe,
economía sacramental, ministerio pastoral), cuya realización culmina en el
Misterio eucarístico, signo y causa de la unidad de la Iglesia. La Iglesia está
allí donde están los Apóstoles, la Eucaristía, el Espíritu.
Pero a pesar de lo
fuertes que son estos principios de unidad, la flaqueza humana ha contrariado
el designio divino, "a veces no sin culpa de ambas partes" (UR 3).
Sin embargo, la Iglesia una no se ha disgregado en fragmentos varios:
"durante los dos mil años de su historia, ha permanecido en la unidad con
todos los bienes de los que Dios quiere dotar a su Iglesia, y esto a pesar de
las crisis con frecuencia graves que la han sacudido, las faltas de fidelidad
de algunos de sus ministros y los errores que cotidianamente cometen sus
miembros" (Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint,
1; =US). Es éste un principio decisivo: la Iglesia de Jesucristo
"establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la
Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en
comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos
de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen
hacia la unidad católica" (Const. dogm. Lumen gentium, 8).
Tenemos aquí la
célebre expresión "subsistit in", con la
que el Concilio ha querido dar cuenta de la verdadera realidad cristiana que
existe fuera del marco visible de la Iglesia Católica Romana, a la vez que afirma
ser ella la presencia plena de la Iglesia de Jesucristo en la tierra. Esos
"elementos de santidad y verdad" se hallan presentes "fuera del
recinto visible de la Iglesia Católica" (UR 3), y permiten hablar de
verdadera comunión entre los cristianos, aunque imperfecta.
¿Cuáles son estos
bienes de santidad y de verdad? El Decreto enumera algunos: "La Iglesia se
reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran
con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no
guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro. Pues hay muchos que
honran la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida, muestran un sincero
celo religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo de
Dios Salvador; están sellados con el bautismo, por el que se unen a Cristo, y
además aceptan o reciben otros sacramentos en sus propias Iglesias o
comunidades eclesiásticas. Muchos de entre ellos poseen el episcopado, celebran
la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen, Madre de
Dios". Juan Pablo II subrayará la afirmación de UR 15 que, en relación con
las Iglesias ortodoxas, dice que "por la celebración de la Eucaristía del
Señor en cada una de esas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios"
(US 12).
Situación de los
hermanos separados
Partiendo de estos
principios, Unitatis Redintegratio,
3 se fija, primero, en los cristianos que ahora nacen en esas Iglesias y
comunidades. Éstos: 1. no tienen culpa de la separación pasada; 2. la fe y el
bautismo les incorpora a Cristo y, por tanto, a la Iglesia, aunque esta
comunión no sea plena por razones diversas; 3. son auténticos cristianos,
amados por la Iglesia y reconocidos como hermanos.
Los bienes de
santidad y verdad en ellos existentes son ya verdaderos elementos de comunión,
aunque imperfecta. Provienen de Cristo, a Él conducen y pertenecen por derecho
a la única Iglesia. Lumen gentium n. 15 añade a esto
"la comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, e incluso
cierta verdadera unión en el Espíritu Santo, ya que Él ejerce en ellos su
virtud santificadora con los dones y gracias". Estos bienes, cuando son
vividos genuinamente, despliegan su dinamismo interior hacia la unidad plena
Los bienes de
salvación alcanzan a los cristianos precisamente en cuanto
miembros de sus Iglesias y comunidades respectivas. Son esas Iglesias y
comunidades cristianas como tales las que, aun padeciendo deficiencias según el
sentir católico, "de ninguna manera están desprovistas de sentido y valor
en el misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehusa servirse de ellas como medios de salvación, cuya
virtud deriva de la misma plenitud de gracia y de verdad que fue confiada a la
Iglesia católica" (n. 3). El fundamento de este valor salvífico
no se halla en estas comunidades "en cuanto separadas", sino en
cuanto son copartícipes de la única y misma economía salvífica.
La razón estriba como decía la Relatio conciliar a
estas palabras del Decreto en "que los elementos de la única Iglesia de
Jesucristo conservados en ellas pertenecen a la economía de la salvación".
"La única Iglesia de Jesucristo, está presente y actúa en ellas, si bien
de manera imperfecta..., sirviéndose de los elementos eclesiales en ellos
conservados".
Refiriéndose a estos
principios, dice por su parte el Papa: "Se trata de textos ecuménicos de
máxima importancia. Fuera de la comunidad católica no existe el vacío eclesial.
Muchos elementos de gran valor (eximia), que en la Iglesia católica son parte
de la plenitud de los medios de salvación y de los dones de gracia que
constituyen la Iglesia, se encuentran también en las otras Comunidades
cristianas" (US 13).
Esta valoración
positiva no ignora lo que todavía separa:
"Los hermanos
separados de nosotros, ya individualmente, ya sus Comunidades e Iglesias, no
disfrutan de aquella unidad que Jesucristo quiso dar a todos aquellos que
regeneró y convivificó para un solo cuerpo y una vida
nueva(...). Porque únicamente por medio de la Iglesia
católica de Cristo, que es el auxilio general de la salvación, puede alcanzarse
la total plenitud de los medios de salvación. Creemos que el Señor encomendó
todos los bienes de la Nueva Alianza a un único Colegio apostólico, al que
Pedro preside, para constituir el único Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual
es necesario que se incorporen plenamente todos los que de algún modo
pertenecen ya al Pueblo de Dios" (UR 3).
Tenemos así los
siguientes principios fundamentales para la comprensión católica del Ecumenismo:
1º La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica romana (LG 8); 2º
"Fuera de su recinto visible" (UR 3), hay verdaderos bienes de
santidad y verdad ("elementa seu
bona Ecclesiae"); 3º Por estos bienes, las
Iglesias y Comunidades son verdaderas mediaciones de salvación (es la única
Iglesia de Cristo la que actúa por medio de esos "bienes" salvíficos); 4º No obstante, les falta la plenitud de los
medios de salvación, y no han alcanzado la unidad visible querida por Cristo,
por lo que se hallan en comunión imperfecta o no plena con la Iglesia católica
romana. 5º Considerando los cristianos individualmente, el Decr.
da contenido positivo al sustantivo
"cristiano": la fe y el bautismo comunes son ya elementos de comunión
cristiana real aunque imperfecta.
El Ecumenismo
afecta a todos los cristianos ad intra y ad extra de
su propia Iglesia. No se trata de una tarea para especialistas, o un ámbito
lejano de la existencia cotidiana. Así lo indica el Concilio: "este santo
Sínodo exhorta a todos los católicos a que, reconociendo los signos de los
tiempos, participen diligentemente en la labor ecuménica" (UR 4/a). Y Juan
Pablo II añade que estamos ante "un imperativo de la conciencia cristiana
iluminada por la fe y guiada por la caridad" (US 8).
Como implicaciones
de este imperativo están "los esfuerzos para eliminar palabras, juicios y
acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los
hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles las relaciones
mutuas con ellos" (UR 4/b). Juan Pablo II señala aquí que los cristianos
no deben minusvalorar "el peso de las incomprensiones ancestrales que han
heredado del pasado, de los malentendidos y prejuicios de los unos contra los
otros. No pocas veces, además, la inercia, la indiferencia y un insuficiente
conocimiento recíproco agravan estas situaciones" (US 2).
Todos, pues, pueden
y deben tener protagonismo, en primer lugar por medio de la oración, pidiendo
al Señor por la unidad de los cristianos. Y también desterrando modos de actuar
que dañan la causa de la unidad, incluso aunque parezcan quedar limitados a la
vida interna de la propia comunidad cristiana. En este sentido, la vida de la
Iglesia católica debe ser ya una puesta en práctica de un cierto valga la
expresión ecumenismo "interior": "Conservando la unidad en lo
necesario, todos en la Iglesia, según la función encomendada a cada uno,
guarden la debida libertad, tanto en las varias formas de vida espiritual y de
disciplina como en la diversidad de ritos litúrgicos e incluso en la
elaboración teológica de la verdad revelada; pero practiquen en todo la
caridad. Porque, con este modo de proceder, todos manifestarán cada vez más
plenamente la auténtica catolicidad, al mismo tiempo que la apostolicidad de la
Iglesia" (UR 4/g).
El Concilio señala
que, por medio de encuentros entre cristianos de diversas Iglesias o
Comunidades y el diálogo entablado entre peritos bien preparados, en el que
cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su Comunión y presenta
con claridad sus características (cf. UR 4/b),
"todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de
la doctrina y de la vida de cada Comunión; además, consiguen también las
Comuniones una mayor colaboración en aquellas obligaciones que en pro del bien
común exige toda conciencia cristiana, y, en cuanto es posible, se reúnen en la
oración unánime. Finalmente todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo
sobre la Iglesia y, como es debido, emprenden animosamente la tarea de la
renovación y de la reforma" (ibid.).
No son pocas las
consecuencias de este diálogo: la búsqueda del entendimiento en las
interpretaciones de la fe, superando los equívocos fraguados en la historia; la
percepción exacta de las divergencias, y de si realmente afectan a la fe o a la
legítima diversidad de su explicación; la confrontación fiel con la voluntad de
Cristo para su Iglesia, etc. "El diálogo ecuménico, dice Juan Pablo II
permite descubrimientos inesperados. Las polémicas y controversias intolerantes
han transformado en afirmaciones incompatibles lo que de hecho era el resultado
de dos intentos de escrutar la misma realidad, aunque desde dos perspectivas
diversas. Es necesario hoy encontrar la fórmula que, expresando la realidad en
su integridad, permita superar lecturas parciales y eliminar falsas
interpretaciones" (US 38).
La Iglesia siempre
ha considerado que la integridad en la exposición de la doctrina católica es una
condición para el diálogo respetuoso y sincero: "Es de todo punto
necesario que se exponga claramente la doctrina. Nada es tan ajeno al
ecumenismo como ese falso irenismo, que daña a la
pureza de la doctrina católica y oscurece su genuino y definido sentido"
(UR 11). Pero, a la vez, el modo de exponer la doctrina ("que debe
distinguirse con sumo cuidado del depósito mismo de la fe", UR 6) no debe
provocar dificultades innecesarias: "La manera y el sistema de exponer la
fe católica no debe convertirse, en modo alguno, en obstáculo para el diálogo
con los hermanos (...); la fe católica hay que exponerla con mayor profundidad
y con mayor exactitud, con una forma y un lenguaje que la haga realmente
comprensible a los hermanos separados" (UR 11).
Se señala también
una "jerarquía de verdades" en la articulación de la fe cristiana:
"en el diálogo ecuménico, los teólogos católicos, afianzados en la
doctrina de la Iglesia, al investigar con los hermanos separados sobre los
divinos misterios, deben proceder con amor a la verdad, con caridad y con
humildad. Al comparar las doctrinas, recuerden que existe un orden o
jerarquía" en las verdades de la doctrina católica, ya que es diverso el
enlace (nexus) de tales verdades con el fundamento de
la fe cristiana" (UR 11; US 37).El Concilio reconoce que las rupturas de
la unidad también afectan ciertamente de otra manera- a la Iglesia católica:
"las divisiones de los cristianos impiden que la Iglesia realice la
plenitud de catolicidad que le es propia en aquellos hijos que, incorporados a
ella ciertamente por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena
comunión. Incluso le resulta bastante más difícil a la misma Iglesia expresar
la plenitud de la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad de la
vida" (UR 4). Si "catolicidad" es la potencialidad de la fe
cristiana de asumir la diversidad legítima, entonces las rupturas impiden la
"expresión histórica" de esa capacidad.
En este sentido, la
Iglesia Católica ha de ofrecer todo aquello que, en consonancia con el Evangelio
y la disposición del Señor, pertenece a su "catolicidad".En fin,
merece la pena mencionar algo que a veces no ha sido bien entendido, aunque el
Concilio se expresó con precisión. Se trata del "trabajo de preparación y
reconciliación de todos aquellos que desean la plena comunión católica";
una tarea legítima, que hay que distinguir de la actividad ecuménica, sin
oponerlas.
Se mueven en
órdenes diversos. El Ecumenismo se orienta a la relación entre las Comunidades
como tales, y busca la perfecta unión visible e institucional. Su naturaleza y
objeto son, pues, distintos de la tarea de preparación a la plena incorporación
individual en la Iglesia católica, que también responde al designio divino, y
es obra del Espíritu Santo.
Corresponde en
primer lugar a todo el Colegio de los Obispos y a la Sede Apostólica fomentar y
dirigir entre los católicos el movimiento ecuménico, cuyo fin es reintegrar en
la unidad a todos los cristianos, unidad que la Iglesia, por voluntad de
Cristo, está obligada a promover (c.755 & 1).
Fruto del empeño
del Papa en el proceso ecuménico, en marzo de 1993 se publicó el Directorio
para la Aplicación de los Principios y de las Normas sobre el Ecumenismo.
Antes del Concilio
Vaticano II, la Iglesia buscaba el restablecimiento de la unidad cristiana
exclusivamente como "un regreso de nuestros hermanos separados a la
verdadera Iglesia de Cristo (Pio XII, en Mortalium animos). El Concilio
Vaticano II llevó a cabo un cambio radical: en lugar del antiguo concepto del
ecumenismo de "regreso", hoy domina el de un itinerario común, que
orienta a los cristianos hacia la meta de la comunión eclesial, entendida como
una unidad en la diversidad reconciliada.n Mons.
Walter Kasper, Secretario del Consejo para la Unidad
de los Cristianos.